El Camino No Elegido

Del segundo anochecer en Gernika-Lumo

Posted in Camino del Norte by María Camín on agosto 3, 2010

Había comprado sellos y un sobre para enviarme otro paquete a la mañana, le pregunté a Esther, que trabajaba en su mesa, la dirección del albergue para utilizarlo como remite; eso en previsión de que pudiera perderse, ella terminaba su jornada laboral en breve y me señaló en el plano la calle a donde tenía que dirigirme a primeras horas de la mañana para depositar el paquete. Luego me alegré de no encontrarla porque el peso era mayor que el importe de los sellos y habría sido un fallo eso.

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Jaione, que significa Natividad y era la encargada, se presentó a resolver algunas dudas… y me recomendó  inclinarme por el batua.

Fui arriba, al refrigerador, y bajé con la botella de txacolí que Gurutz me había regalado;  Anabel me  había dejado introducirla en el mismo a la mañana y para no molestar a Esther demasiado me coloqué la música en los oídos y me dediqué a la cena, que iba a consistir en lo que ya mencioné que compré en el quiosco, y que algunas veces era lo que acostumbrábamos a hacer mi amiga, de la que me olvido en este Camino, y yo. La invité a acompañarme pero Esther, lógicamente, rechazó el ofrecimiento; sólo que un matrimonio del grupo de los excursionistas franceses, que se había quedado visitando Gernika, se sentó por allí cerca y regresé al piso de arriba en busca de dos vasos. No es que me hiciera ilusión alguna pero vi con qué ojos miraron la botella y decidí mostrarme hospitalaria. Así que los tres compartimos mi cena mientras ellos mataban el aburrimiento de tener que esperar por sus amigos, y yo intercambiaba algunas impresiones acerca de Gernika con el marido, que él traducía a la mujer porque no comprendía español. Eso tan poco motivador algunas veces pero tan elegante de mostrarse social. Dos txacolí nos serví a cada uno y quedaba aún un poco en la botella, cuando se presentó un tercer francés y la miró pero con verdadera ansia. Más sincera que otra cosa… la agarré y dirigiéndome al matrimonio de excursionistas dije: <<Este lo mato yo>> -lo contrario habría sido falsedad, que es lo que tiene el poder de indigestárseme a mí.

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Luego, el marido de la francesa,  entraría a la cocina  a preguntarme si deseaba servirme del vino de su cena, cosa  que decliné. Yo era lo que hacía, cenar, cuando los invité. Pero tenía razón Ruth, cuando este hombre  regresó a la cocina para despedirse de ella, el único, y exclamó: ¡Pero qué clase tienen estos franceses! Bueno él sí, estoy de acuerdo e incluso por qué no decirlo,  no estuvo mal ese rato de formalidades entre extraños, que mientras comparten vino, beber es lo que desean hacer, se devanan los sesos en busca de tener algo que decirse, en eso que no estaba, la necesidad de comunicación.

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Por lo que ya no transigí, fue por entrar en relación con el asturiano, de la misma edad que el peregrino Juan Bautista pero menuda  diferencia, la que había entre ambos, que pasaba la noche allí. Me disculpé con él cuando se prolongó, por  el más allá de los tres minutos, el intercambio de opiniones y le dije: <<Es que es muy importante que termine de escribir esto…>>. Se puso a ver la televisión, donde también lo hacían unas alemanas, en el área recreativa, y cuando descubrió que yo me había subido con Ruth al piso de arriba fue en mi busca pero entonces, al sentirlo, no dudé en refugiarme en la terraza y Ruth me ayudó a librarme de él.

Las jóvenes alemanas, por el contrario, eran muy simpáticas y el rato en el que estuvimos echándonos, las cuatro, Ruth incluida, un cigarro juntas fue fantástico; más o menos, porque al final entró Amets en escena y su historia me provocó dolor en el corazón.

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Las alemanas habían estado estudiando en España los últimos tres años, creo recordar que en Sevilla y suspendían su camino aquí. Amets amó y sufrió. Ruth fue un cielo. Y la noche se prolongó, de nuevo, más allá de las dos.

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