El Camino No Elegido

De la colina de Elexalde al juramento de Arratzu

Posted in Ajeno, Camino del Norte by María Camín on julio 28, 2010

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Urdaibai ha sido reconocido en 1984 por la Unesco como Reserva Biosfera, el robledal es sólo una parte de ello. El estuario, de gran importancia ornitológica, lo forma la desembocadura natural del río Oka. También se lo conoce como estuario de Mundaka o Guernika y el municipio de Arratzu, o Arrazua en castellano, en su totalidad, está integrado en ella.

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El caminante sube la colina de Eleizalde, Elexalde en euskera, donde las ovejas pastan y que es un pequeño núcleo de población formado por 29 habitantes. Se contemplan unas preciosas vistas, la iglesia de Santo Tomás está en obras, todo está desierto, miro hacia el cementerio. No sé qué me ha sucedido en este viaje que aquella antigua fijación por estos lugares es como si la hubiera perdido.

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Y no sé por qué motivo cuando releo alguno de los fragmentos de Tomás Dídimo, que significa mellizo en griego, lo mismo que gemelo Tomás en arameo, menudo misterio, éstas tienen el poder de hacer que los vellos se me ericen. Pondré aquí algunas, las que más adentro me llegan:

Jesús dijo: «Haceos transeúntes».

Jesús dijo: «No mintáis ni hagáis lo que aborrecéis, pues ante el cielo todo está patente, ya que nada hay oculto que no termine por quedar manifiesto y nada escondido que pueda mantenerse sin ser revelado».

Simón Pedro les dice: «Que María salga de entre nosotros, pues las hembras no son dignas de la vida». Jesús dice: «He aquí que le inspiraré a ella para que se convierta en varón, para que ella misma se haga un espíritu viviente semejante a vosotros varones. Pues cada hembra que se convierte en varón, entrará en el Reino de los Cielos».

Jesús les dijo: «Cuando hagáis de los dos uno, y hagáis el interior como el exterior y el exterior como el interior y lo de arriba como lo de abajo, y cuando establezcáis el varón con la hembra como una sola unidad de tal modo que el hombre no sea masculino ni la mujer femenina, cuando establezcáis un ojo en el lugar de un ojo y una mano en el lugar de una mano y un pie en el lugar de un pie y una imagen en el lugar de una imagen, entonces entraréis en el Reino».

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Según estos cánones apócrifos yo soy muy cristiana, y la nave de la iglesia de Santo Tomás de Arratzu pertenece al siglo XVI pero las reformas siguientes nos trasladan al XVIII y a principios del XIX, donde Belaunzaran abrió vanos termales que dotaban al templo de una nueva luz pero esto lo leo, que nadie piense que por mi misma lo puedo elaborar, hoy por hoy. Dentro de 200 años, quizá alguien en cualquier diario mencionará el nombre del que la reformaba a mi paso. No me detuve, me sentía cansada. Eran en ese momento las cuatro menos diez. De todas formas esta anteiglesia fue fundada igual que la población de Arrazua en el siglo XIII por el señor o dueño de la casa solar del mismo nombre.

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Había un via crucis y unas nubes muy negras que parecían perseguirme. Coincidí con una vecina que estaba presta a coger su coche para irse hacia alguna parte. Le hablé de los árboles caídos, le pregunté  por la peregrina de la mañana, por si la había visto y me podía tranquilizar, la describí con mochila y una bolsa verde en la mano. Me dijo que de los árboles caídos nadie se ocupaba porque eran tierra de nadie y que en el próximo monte no debía preocuparme porque ese tenía dueño y por ello era cuidado.

Seguí la dirección que la flecha me indicaba pero me llevó directa a un caserío. Pensé que alguien debía haberla alterado y volví a la carretera, pensé otra vez que estaba muy cansada y que me merecía un descanso y satisfacer mi hambre. Sentí que Arratzu me llamaba y me desvié en esa dirección.

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Vi unos caballos que me hicieron sentir la fuerza con que mi alma reclamaba el viaje del Carro. Estos galoparon hacia mí como si me conocieran de algo y vinieran a saludarme. Luego descubrí que ese comportamiento sucede porque por los alrededores se acostumbra a alimentarlos con terrones de azúcar pero que animarse a ello puede resultar peligroso.

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La carretera estaba en obras y entonces caminé en sombras hasta que me detuve frente a una cruz. Esta distinta de las del vía crucis, tenía en su centro un corazón. NES ONISTAS se leía en la placa a sus pies, rota y por eso indescifrable y la fecha de 1895.

Aquí hay un testimonio de quién era yo en ese momento.

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De las distancias de Arratzu (decisión irrevocable)

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<<Con qué odio miraba Rosa la vía manchada de carbones apagados; con qué ira los alambres del telégrafo. ¡Oh!. bien hacía la Cordera en no acercarse. Aquello era el mundo, lo desconocido, que se lo llevaba todo. Y sin pensarlo, Rosa apoyó la cabeza sobre el palo clavado como un pendón en la punta del Somonte. El viento cantaba en las entrañas del pino seco su canción metálica. Ahora ya lo comprendía Rosa. Era canción de lágrimas, de abandono, de soledad, de muerte.

En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:

-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!>>

– LEOPOLDO ALAS <<CLARÍN>> –

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