El Camino No Elegido

De Munitibar-Arbatzegi a la inmutabilidad del cambio y de camino a Mendata

Posted in Ajeno, Camino del Norte, de la memoria by María Camín on julio 18, 2010

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En Munitibar-Arbatzegi llama la atención una fuente en el centro de la plaza, del otro lado la iglesia llamada de San Vicente Mártir, neoclásica y erigida en 1851 pero sobre otra anterior y con portada del siglo XVII.

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Este Vicente, apodado el Victorioso, sufrió persecución por sus creencias y convicciones religiosas en los inicios del siglo IV, cuando Diocleciano decretó la décima y más cruel persecución contra la iglesia cristiana. Fue condenado por Daciano a experimentar la tortura del potro y a su cuerpo lo desgarraron unas uñas metálicas. También llama la atención como los primero perseguidos acabaron persiguiendo a otros, puesto que en España la Santa Inquisición prolongó sus torturas y atrocidades hasta el siglo XVIII, en época de la ilustración. Dijo Karl Gustav Jung <<El hombre sano no tortura a otros, por lo general es el torturado el que se convierte en torturador>>.

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Estamos todavía en las faldas del monte Oiz y en la comarca de Lea-Artibai. Xabi y yo salimos juntos caminando.

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Luego, se nos ha unido Alberto, el gaditano, porque dice que los otros van demasiado despacio. Yo ando todo lo apurada que puedo para ver si le doy alcance a Carmen. En teoría, nos hemos izado hasta el barrio Aldaka, vamos hablando muy animados, hemos entrado en un tema que, voy a comprenderlo pronto, se va a convertir en tabú para mí; el del cambio. Yo creo que sí se cambia -insiste Alberto, los dos hemos cambiado me dijo Luis antes de irme… Yo no he cambiado en absoluto e incido en ello. Sigo siendo la misma, tal cual, lo que era, la misma niña, y me he redescubierto en mi verdadera naturaleza, he elegido mi circunstancia, que es diferente, hasta donde se podía elegir, y cuando terminé de quitarme de encima toda esa basura auto-impuesta que otros se empeñaron en adjudicarme y en que yo fuera. A este proceso lo llamo Liberación. Luis dice que la libertad no existe pero que los dos sabemos que, a cambio, existe la liberación. En eso también discrepamos, yo que no creo en el cambio, al menos en lo que nos atañe como seres humanos, creo en la libertad. Y las dos horas siguientes transcurren de este modo, matiz sobre matiz, que a ninguna parte nos conduce, porque a mí en el fondo qué me importa que Alberto llame cambio a lo en que ningún caso lo es. No en lo profundo ni en lo original. ¿Se acuerda de lo que sucedió entre nosotros con el término respeto? Usted dijo que lo había consultado con el diccionario y que a lo que esto le condujo no le gustó: acatamiento, obediencia y, como residuo último, miedo. Yo respeto le tengo al mar -le explico a Alberto, porque sé que el mar es de temer, a ti, a cualquiera, te trato con consideración, menos respetos indebidos y más Razón. Pero, ¿cuántos años me llevó hacer la digestión del término? ¿Sería yo, hoy, quien fui, si usted no apuntala en mi interior esa piedra de toque? <<Continuamos a Kurutzeleku -sigo leyendo en la revista- cruce de caminos>> que no recuerdo pero debimos de girar a la derecha. En algún punto la senda se volvió confusa y nos perdimos durante unos pasos y tuvimos que dar media vuelta. Y en algún momento nos dieron alcance los peregrinos catalanes, que, hoy, vi que lo eran porque llevaban las mochilas a la espalda, todos iguales.

A Pep lo sentí mal, se percibía en su alma que mi conducta de la noche anterior le había dolido; no le dije nada en ese instante pero me sensibilizó y me prometí que si surgía la oportunidad le iba a pedir disculpas. Es que estábamos en el Camino, y claro, él sentía lo mismo… Nuestro grupo se hizo mayor y seguimos corriendo, yo le había comentado a Alberto mi preocupación por Carmen, el no darle alcance, pensando que podía haberle sucedido algo malo, que se hubiera perdido… Alberto me aseguró que la persona que él había conocido en ella era de sobra auto-suficiente. Bueno, esa no era la impresión que una había recibido de la peregrina de la bolsa y el paraguas. No fue él quien tuvo que dejarla apoyarse en su hombro en aquellas primeras infernales bajadas de la mañana. Enfilamos hacia << el alto de Astorkigana. Bajamos al caserío Urnatei por el camino -sigo leyendo- que nos llevará hasta los caseríos Bekoerrota y Bulukua>>. Alberto se dio cuenta de que las pilas de su cámara se habían agotado, le tendí las mías, llevaba de sobra, por la grabadora pero él las necesitaba de mayor tamaño. <<A la derecha de este último tomamos la pista que se adentra en el pinar para descender al arroyo Tejería, que cruzamos dos veces>> y que yo no recuerdo. Sólo el pinar y sólo haberme parado después de las pilas, porque me urgía una necesidad; así que los dejé ir y me apuré antes de que llegaran los que por detrás nos seguían.

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