El Camino No Elegido

De lo espiritual y la madrugada, la compañía y la emancipación

Posted in Camino del Norte, de la memoria by María Camín on julio 17, 2010

Di punto y final cortante a aquella conversación que se prolongó por treinta y tres minutos, eran poco más de las diez y media, y de la mesa salté a la barra y pedí otro café, incómoda, el labio me temblaba algo, enfadada porque me hubieran requerido para hacerme perder el tiempo dos <<ociosos>>, los califiqué así, aunque en realidad, a tiempo real,  eso no es lo que demuestra la página del moleskine;  luego comprendí que injustamente pero me parecía increíble el mal rollo que a veces acarreamos las personas para los demás; molesta conmigo porque no había hecho caso a la sensación que me había advertido de que no era una buena idea aceptar esa compañía; quizá, después de todo, los chinos tuvieran razón y abanicarse con las manos sea una manera de atraer los malos espíritus; desde luego la amabilidad tantas veces nos perjudica. Apuré el café y salí al exterior, a pasear por la noche. Pero estaba fuera y dos mujeres, en seguida se presentaron como madre e hija, se dirigieron a mí. Una se llamaba Itziar, la hija, la otra María Pilar. Las había visto a la mañana, a la joven aburrida, espíritu melancólico, sobre una mesa con una tisana. La madre se movía por el interior del bar con más energía o confianza. Pensé que eran familiares pero me equivocaba, eran huéspedes.

Éstas me preguntaron quién era yo y que hacía allí. Empezamos a hablar del Camino, Itziar, su madre contestaba por ella, y reconocí el mecanismo, profesora, estaba estudiando el euskera, la mujer dijo que su hija estudiaba mucho e insistía en que era muy inteligente. Es aquí cuando me comentan que los frailes habían ocupado el monasterio veintidós años antes y me presentan al nieto de la antigua sacristana, que era quien cuidaba del lugar semi-abandonado, que nunca dejó de recibir peregrinos; era quién les atendía y llenaba las alforjas de los burros, algunos transitaban el Camino de este modo. Los cistercienses habían retornado a la propiedad con la reactivación del Camino.

Me preguntan si les he comprado el libro a los monjes, digo que no porque un peregrino no puede cargar con peso accesorio, en parte ha sido una excusa. María Pilar me cuenta que aquello fue territorio del señor de Zenarruza y que cuando había epidemias se cerraba al mundo y se abastecían de sus cosechas. Menciona luego, en vez de a éste, al señor de Irusta, que era quién vivía en la Torre, son tiempos remotos a los que se refiere. También me explica que el segundo libro de los monjes es distinto al primero. Ella ha leído los dos y dice que siempre le ha gustado ahondar y que a veces se desfiguran las cosas y que esto no debería de ser. También me comenta lo de los sucesivos incendios que ha sufrido el monasterio, prometo fijarme en ello a la mañana siguiente. Itziar se ha hospedado con los hermanos en una ocasión anterior a ésta, en retiro espiritual, no le gustó demasiado lo que escuchó en alguna cena y por eso ambas lo hacen en el Irurok.

¿Qué es para ti lo espiritual? -interroga María Pilar. Digo: Cuando tú estás en un momento de crisis, un momento bueno de entusiasmo, en un momento malo… buscas un espacio que siempre se buscó, hablo de recogimiento interior, que puede ser en Markina la ermita de San Miguel de Arretxinaga, las tres piedras, que siempre el hombre fue en busca de esos lugares especiales donde se experimenta una mayor concentración de la energía armonizada de la tierra, eso es lo espiritual, esa confluencia que te acoge. Para María Pilar ese espacio es en Aralar, en Navarra. Y también lo siente en Zenarruza.

Por un momento ha salido a despedirse de mí el amigo de Pep, se retiraban a dormir. Me ha asegurado que el juicio que me he hecho de éste ha sido errado, que es un tío genial -dice. Lo valoro. Por lo menos su gesto. La conversación con Maria Pilar y su hija se ha prolongado hasta más allá de las dos de la mañana. Como a las doce volvimos al interior del bar pero el ambiente no era agradable. Pedimos té, Itziar Manzanilla y regresamos a la terraza, María Pilar había ido en busca de una prenda de abrigo. Yo con el anorak no tenía frío. Luis, un tipo de barbas que servía en la barra, le dijo a Iñaki, a María le gusta mi banco, la he visto antes escribiendo allí, ¿a qué es un lugar especial, María? ¿a qué tiene magia? Le he asegurado que sí porque fue como yo lo percibí, y eso le ha contentado. Aunque Luis me provocaba algo de recelo, no sé por qué, en ese instante su faz se iluminó con una sonrisa preciosa, y sentí que las sonrisas son la magia en las personas, que sonriendo más y hablando menos todos nos entenderíamos mejor.

Luego derivó la cosa en aparecidos, en duelos de difuntos y en depresiones. María Pilar se había sentido herida porque le hice un regalo a Itziar y quiso saber por qué a ella no. Porque ha sido circunstancial -le explico. Porque es un recuerdo de estos minutos, pero insistía: ¿y por qué a ella y a mí no? Yo le había pedido a la hija el favor de que me fotocopiase el primer libro que había editado el monasterio, experimentando curiosidad por lo que me habían contado, y eso añadido a la información de que ya no se podía encontrar; luego ésta no se puso nunca en contacto conmigo y también lo comprendí. Yo compartí a lo largo de esas horas todos los conocimientos terapéuticos que tuvieron cabida en ello. Itziar no había sabido elegir al marido, había necesitado un tratamiento psicológico, su madre psiquiátrico, prologándose éste desde la muerte de la abuela de Itziar, la madre de María Pilar, la que no había sabido elegir al facultado en psiquiatría. Le recomendé a Itziar el libro de J. Campbell, sobre los mitos, donde en un capítulo interesantísimo habla de la esquizofrenia como el viaje interior, una odisea, eso, como la que yo comenzaría a leer a la mañana siguiente y también a vivir… Pero sobre todo, y por algo que me confirmó Itziar: <<Buena la has hecho -dijo. No la alteres que tú no te imaginas>>, recordé lo nocivo que puede llegar a ser para una el absorbente espíritu uterino de algunas mujeres de la misma sangre. Se necesitarían menos psicólogos y recetadores de pastillas para el sistema nervioso si la sociedad validara la necesidad de la auténtica emancipación.

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Fue una noche agradable , humana y emocionante. Daban las dos y media cuando aún permanecíamos despidiéndonos en el pasillo. Ellas tenían su habitación en el superior. Iñaki puso un zumo de piña en mis manos y un gran trozo de bizcocho para el desayuno; eso porque yo le advertí que pensaba echarme al Camino antes de las ocho. Pero mira qué hora es -me hizo notar. Dio igual, el día  me había resultado social en exceso y necesitaba recuperar mi sensación de soledad ermitaña.

Cuando entré al baño, alguien había tenido la delicadeza de extender un ala del tendedero con mi ropa más húmeda y ésta se había secado por completo. También Iñaki la tuvo de concederme una habitación para mi sola, la número 11, el número, entonces, me caló,  porque no introdujo a los catalanes en mi cuarto, así que me dormí muy tranquila.

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