El Camino No Elegido

Amanecer en Ziortza y andar como compañera peregrina hasta Gerrikaitz

Posted in Camino del Norte, de la memoria by María Camín on julio 17, 2010

La alarma del despertador sonó por dos veces, Bach. Me moví muy despacio. Recogí la ropa que continuaba en el tendedero, me aseé, el día feo, oscuro, de lluvia y bajas presiones, desagradable. El número de mi habitación, frente a éste, me recordó que la Fuerza era aquello de lo que había ido en busca y que la Fuerza estaba conmigo y en mí. En ese instante decidí abandonar el Camino del Norte e ingresar, según lo previsto, en el Francés por Astorga. Impaciente por ello. Había tantos matices que deseaba comparar…

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Cuando fotografié al caballo pasaban unos minutos de las ocho; al final esperé por Iñaki para despedirme pero no fue tan estrictamente puntual como lo había sido el día anterior; quizá la cita con los catalanes la pactó para más tarde. No sé si me fijé en el plástico amarillo que figura en la imagen junto al hermoso ejemplar cobrizo, imagino que mi inconsciente lo hizo.

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Un monje me saludó desde una ventana o yo lo hice, los dos elevamos nuestras manos en ese saludo. Zenarruza había sido lamido por el fuego, cierto, y la piedra de la pared más occidental delataba ese testimonio. Andaban también en preparativos los peregrinos que habían cenado en el Irurok la noche anterior. Apresuré el paso, los cipreses y su ”olor a santidad”, la pista asfaltada en ligero ascenso deriva en otra forestal por donde alcanzaremos el alto de Gorontzugarai. Sucede aquí que hundo la bota en el fango hasta el límite del borde, he pegado seis saltos escalofriada por la perspectiva de que el barro penetrara por el interior. Ha estado cerca esto, sentir no lo he sentido. Luego el cierre de la misma, es una rosca en la parte trasera porque no utiliza el sistema de cordones, quedará, al secarse, casi inservible y me costará sacármela. Pero es en este punto donde el camino se bifurca en tres ramales. El sendero más probable el de la derecha, las señales del PR son inexistentes, a no ser por un leve rastro amarillo en un pino lejano. Hacia arriba parece que no porque la maleza se traga la pista y da la sensación de que por ahí hace mucho que nadie ha pasado; hacia la izquierda no tiene demasiado sentido, reconozco. Bajo la lluvia me decido a escuchar las grabaciones de la guía , y cómo me gustaría ver aparecer a alguien que me lo aclarase antes de equivocarme. Hacía atrás ni me quiero plantear tener que volver a causa del tremendo cenagal. Mi duda era la posibilidad de haberme confundido antes de ese punto. Y estando detenida en estas reflexiones, a lo lejos, por el ramal de la derecha asoma alguien, pienso que será una aldeana porque anda con paraguas y con una bolsa en la mano. Espejismo, una peregrina que al llegar a mi altura dice: <<Por ahí me parece que no es el Camino>>. Andamos, entonces, juntas hacia la izquierda pero es un paso en falso, que se corta al dar la curva. Le digo: <<Pues tiene que ser por donde tú has venido, es que no queda otra>>. De todas formas nos disponemos ambas a escuchar las indicaciones de la guía y ella se impacienta porque es, justo en ese tramo, donde a mí se me ocurre entrar en conversación con usted, y algo de vergüenza he pasado, más que nada porque no me gusta hacer esperar, para que al final el guía no nos ayuda gran cosa; vamos, ni nada y para una vez que se le necesita. Sólo que ha sido curioso, porque me escucho decir en ello: <<¡Como me va a molar esta etapa!>>, tal cual. Venga, peregrina, le señalo: <<Tenemos que movernos en esa dirección que tú ya conoces, ya encontraremos las señales>>. Pronto un puentecillo, y en el que ella se había dado media vuelta, y en seguida una primera señal.

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Aquí Carmen, se llamaba así, me pregunta si me apetece ir con ella a unas cuevas prehistóricas, las de Santimamiñe, y al bosque de Oma, que es obra de Agustín Ibarrola. Le digo que mi problema es que he decidido desplazarme a Astorga para continuar Camino, y que me gustaría hacerlo lo más pronto posible, que primero me acercaré a la estación de autobús por si la casualidad quiere que algún enlace me lo permita ese mismo día. Yo mañana -asevera- voy a coger uno para León a la una del mediodía. <<¡Ah bueno, pues entonces sí! Ya que me has invitado>>. Pero aquí la peregrina, confundida por mi aceptación, me explica que tampoco es seguro que yo pueda visitar las pinturas. Por teléfono le habían indicado que necesitaba reunir un grupo algo mayor pero a ella le habían prometido, excepcionalmente, que la dejarían pasar. Después me contó que por un problema de hirsutismo, y que comenzó en la pubertad, los hombres se burlaban de ella y que eso le había generado una profunda desconfianza en el género humano. Yo también me vi obligada tomar Diane-35, soy andrógina pero ella se había pasado la vida en psicólogos, aunque en la actualidad tenía pareja y lo último que estaba probando, y lo que más le gustaba, era la musicoterapia. <<Bien -le pregunté- ¿y entonces por qué haces sin bastones el Camino?>> No lo entendió. <<Escucha mi ritmo, ¿no te das cuenta cómo lo voy marcando yo? Carmen, tienes que conseguirte unos bastones, y si no quieres comprártelos yo te regalo los míos cuando lo termine pero este entrenamiento puede mejorar en mucho tu coordinación>>. Tenía un trastorno de las direcciones espaciales, y todo lo que mencionó lo compartíamos, incluso el nombre. Quise cambiárselo en el trayecto, por el de Carmela; Carmen podía ser un desastre pero Carmela la mejor parte de si misma; le recomendé que aprovechara todo lo que pudiera aprender de mí durante esa jornada, no con soberbia, argumentado que, ya que el Camino nos había unido, no me costaba ningún trabajo compartirle todo aquello que había mejorado mi existencia a lo largo de los años, y que la única terapia efectiva, pero verdaderamente efectiva, era el hacerse cargo de uno mismo y en ningún caso la auto-compasión. Parafraseando a Maslow:  <<La psicoterapia  es un tratamiento caro y largo, enseñemos a los demás a ser terapeutas>>. Comenzó a llover de forma torrencial y el terreno, quebrado, aquí ya en descenso, del mismo calibre que la aproximación a Markina, resbaladizo. La vi irse al suelo dos veces, le pedí que se desentendiera del paraguas y de la bolsa si no quería romperse algo. Al principio se negó en redondo, el paraguas era un recuerdo sentimental de Compostela, cuando hizo la peregrinación se lo encontró olvidado en un banco. Pues yo te guardo lo que sea pero agárrate a mí y no te sueltes, se cogió a mi hombro pero no quiso que le guardara nada. Estuvimos a punto de irnos de bruces al suelo las dos, y yo pensando en aquello que preveía vivir desde mi sofá, cuando disfrutaba de la lectura de la guía; por fin se deshizo de la bolsa en la tercera o cuarta de las caídas, daba pena verla, los vaqueros debían de pesarle el doble a causa del barro que se adhirió a ellos, me hizo andar con el corazón en un vilo; yo también resbalaba, incluso con los bastones pero los brazos, en todas las ocasiones, impidieron la caída. Era el perfecto desequilibrio: ella tan inadecuada y yo tan equipada para todo. Por eso creo que una de las características de la resiliencia es, además de la flexibilidad adaptativa, la inusual capacidad de asimilación e integración de lo aprendido en la experiencia.

Al alcanzar la carretera respiré con alivio, dábamos con el barrio de Uriona. <<¡Carmen! Has perdido esto>> -dijo uno, de los del grupo que habían cenado en el Irurok y que nos habían dado alcance, agitando la bolsa verde con su brazo. Y Carmen me miró no sé cómo, con el trabajo que le había costado desprenderse de ello pero la entendí. Entonces volvió a asegurarlo: <<Soy un desastre pero tengo mucha suerte porque siempre doy con buena gente que me ayuda>>. Ya -contesté- pero lo que no te favorecen son tus apegos, la bolsa ya no la dejó, regresaría con ella a casa e igual que la expresión ”ser algo negativo”, que condena  a no poder dejar de serlo nunca.

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Aunque esto que narro tal vez sucedió en el camino a Gerrikaitz, acercándonos. Es lo único nublado en la memoria, ese trayecto, como si hubiera sido abducida.

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