El Camino No Elegido

De las primeras impresiones de una peregrina en el Irurok en Ziortza

Posted in Camino de la Costa, Camino del Norte by María Camín on julio 11, 2010

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Ese joven, que nos había recibido al borde del Camino, regresó con un hermoso caballo que a pocos metros llamó mi atención. De todas formas, antes de inspeccionar los alrededores, había que cumplir el trámite de registrase. Cuando me interné en el interior del Irurok aquello estaba abarrotado. Sentí como todas las miradas se giraban y se quedaban pendientes de mi sudoroso y polvoriento aspecto. Dije: <<Tierra trágame>>. Me habría gustado resultar invisible pero había que contactar con un tal Iñaki, que se suponía estaba detrás de la barra. Me hice paso como pude, no encontré a los lugareños demasiado afectos a colaborar, creí que lo eran, en la labor de hacerme un hueco. Estaba aturdida y agotada, y ninguno me quitaba los ojos de encima. ¡Qué falta de delicadeza! Hacía mucho tiempo que no recordaba haberme sentido tan tímida y pequeña. Dos veces tuve que realizar la misma maniobra. No muy ducho el dueño, aún, en entenderse con los peregrinos, el estado ascético en el que después de andar durante más de diez horas te hallas, en contraste con la comidilla social, me hizo volver a pedirle la llave, cuando él sabía de sobra que por mucho que me dijera escaleras arriba, sin ella, no íbamos a llegar ambos muy lejos.

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Cuando por fin me vi en la habitación, le dije a Emilio, si me das media hora te prometo un cambio espectacular. Aceptó, por supuesto, él también tenía que asearse.

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Pero yo, antes, me lancé escaleras abajo, ya más desahogada sin las mochilas, a captar los últimos instantes del maravilloso entorno y el atardecer. Hablé unas palabras con aquel peregrino con gorra, con el que Emilio había intercambiado conocimientos de guía en Olatz. Éste, creo recordar que se llamaba Fernando, estaba preparando una excursión, y casualidades de la vida, con la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de mi ciudad. Cuando hice esto subí y comprobé que compartíamos literas con dos jóvenes, uno argentino, y ese con unas ampollas en los pies nada envidiables. Su cara demacrada reflejaba angustia. Yo me tomé veinte minutos de soledad, encerrada en un servicio que nadie visitó y que era un lujo. Acordé conmigo que al día siguiente lavaría la ropa allí mismo. Me gustó tanto el Irurok que descarté de inmediato lo de pedirle asilo a los monjes. El precio era razonable y la higiene y la comodidad estaban aseguradas. En cuestión de monasterios guardo especial y extraordinario recuerdo de Samos, y quién no, pero lo hospitalario en aquel barracón dejaba mucho que desear, porque la humedad era muy grande y los baños muy desangelados, mixtos, que eso, quieras que no, a mí y a muchos no nos resulta agradable, aunque te adaptes a lo que sea, incluso a aquel agua gélida, que otro remedio no nos quedó. Entonces sólo quiero decir que yo los refugios monacales no los tengo idealizados. En realidad, al margen de usted, ¿qué tendré idealizado yo? Nada, pues eso.

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Una respuesta

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  1. María Camín said, on julio 11, 2010 at 9:30 pm


    La salida de Guipuzcoa y la entrada en Vizcaya o de Deba a Zenarruza


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