El Camino No Elegido

Al galope desde Markina-Xemein al albergue Irurok en Ziortza

Posted in Camino de la Costa, Camino del Norte by María Camín on julio 11, 2010

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El Camino nos condujo a la carretera  pero no sin antes tener que preguntarle  a un viandante, yo iba demasiado pendiente de Emilio y comenzamos a volar, él hablaba de la noche que se nos podía echar encima, me di cuenta de que Emilio no seguía ni una sola de las indicaciones que no estuviera en la guía, leía y luego buscaba las flechas amarillas para cerciorarse de que marchábamos en la dirección correcta.  <<Una pista roja, aquí dice que hay que tomar una pista roja y seguirla por equis metros>>. Esa pista no aparecía ante nosotros. <<Pero si la señal está ahí, Emilio>>. La ermita y el humilladero los demos atrás sin interesarnos por ellos, y luego dimos con esa pista asfaltada.

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Minutos más tarde sucedió ídem con el puentecillo. Primero la guía después las señales. Entiendo que eso no es para mí, y entiendo que será difícil que cualquiera que utilice ese sistema rara vez llegará a no depender de su racional, y si fuera del suyo… todavía…  Transcurríamos por el curso de un cauce húmedo y por senda de tierra, bucólico a más no poder pero precipitado y por ello sin sabor. Emilio de veras que era capaz de llanear rondando los seis kilómetros por hora. Me llevaba con la lengua fuera.

Se detuvo hacer una llamada. A confirmar si íbamos bien y si a él seguían guardándole la plaza en el albergue privado, en el que  había reservado cama desde antes de la muga con Bizkaia. Yo había visto esos panfletos publicitarios dejados en los árboles del Camino con el teléfono de un tal Iñaki, lo mismo que lo había visto en el refugio de Deba y lo transcribí al cuaderno. Pero no llamé, y sin embargo cuando Emilio dijo que éramos dos los que veníamos, ya era tarde para echarse para atrás y me vi comprometida a hacer parada y fonda de esa manera, y  sin tener la oportunidad de probar suerte, antes, en el monasterio de Zenarruza, que a mí me daba la sensación de que sería posible pernoctar en él. Pensé de todas formas que esto no estaría mal que fuera así, porque al día siguiente podría hacer noche, si lo deseaba, entre los monjes. Y eso me ofrecía la oportunidad de regresar a Markina y ahondar más en ella. Desde luego esta carrera que habíamos emprendido no era algo de lo que yo estuviera disfrutando, como se debe de disfrutar. <<Pero si llevo frontal Emilio, si se hace de noche lo conectamos y sin problemas>>. Sólo que  a Emilio la mención de la oscuridad no le hacía  gracia alguna, y además seguía sin fiarse de mí, no después del encuentro con Agustín y su manera de manifestarse. Y eso que Emilio no conocía la sorpresa que le esperaba…

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Alcanzamos el núcleo de Iruzubieta en tan solo media hora. Emilio decidió ahí abandonar el Camino y yo le seguí por la carretera. Nunca había visto a nadie tan estresado caminando, a no ser a mí, aquella primera mañana en que partí hacia Negreira. Iba entonces más tranquilo y volvía a sonreírme mientras hablábamos. De su mujer, por cierto. A quién le encantaba andar pero como yo lo hacía sola porque nunca había dado con amigas a las que la Naturaleza les entusiasmase.

En esto un vehículo de esos que le quitarían el hipo a mi amiga, yo recuerdo que era oscuro pero que me aspen si me fijé más. Lo del <<cochazo>>, lo añadió luego Emilio. Pues ese vehículo que se detiene a nuestro lado y un hombre tras el volante. ¿Y éste qué querrá? -pensé para mí. Pero al acercarme a la ventanilla que se abría me sonrió el mismo Jesús  que habíamos conocido esa mañana en Olatz. Había regresado en nuestra busca, porque estos se apoyaban en los coches para completar la aventura y al vernos todavía por la carretera, cuando ellos habían finalizado dos horas antes, supuso que íbamos reventados y se le ocurrió la galantería de darse media vuelta para subirnos con él.  Yo vi a Emilio con intenciones de aceptar pero adelantándome dije, eso sí, encantada por su gesto: <<Muchas gracias pero no. Es cuestión de principios>>. A lo que Emilio suspirando dijo: <<Si María no monta yo tampoco puedo montar>>.

En otra media hora habíamos alcanzado Bolibar, después de detenernos durante unos segundos a intercambiar unas impresiones con dos mujeres, que se cruzaron con nosotros, una bajo un paraguas. Y dejémoslo ahí porque  eso fue, alcanzar Bolibar y continuar sin tregua.

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Emilio volvió a repetir la llamada que había hecho una hora antes al tal Iñaki, confirmó ahí que éramos dos. Le comunicaron que estábamos en la calzada correcta. Ahora sólo nos quedaba treparla y al final, unos doscientos metros antes del monasterio de Zenarruza, daríamos con el refugio.  Son las ocho menos diez en el instante en que eso ocurre y un joven nos guía hasta la puerta.

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Una respuesta

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  1. María Camín said, on julio 11, 2010 at 7:43 pm


    La salida de Guipuzcoa y la entrada en Vizcaya o de Deba a Zenarruza


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