El Camino No Elegido

De la policía municipal al frontón municipal de Deba

Posted in Camino de la Costa, Camino del Norte by María Camín on junio 29, 2010

Me guió por las calles -yo, de nuevo, asombrada por lo receptivas que se mostraban las personas conmigo, todo atenciones.

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Él recordaba que primero nos acercamos a la oficina de turismo, que, al ser temporada baja, estaba cerrada por las tardes, luego, que pasamos por delante de la iglesia, por la cual yo mostré interés, me recomendó visitar el claustro, lo más bonito -dijo, ni huella de eso quedó en mí, hasta que arribamos al local de la policía, dónde él, al parecer, registró un cambio en mi estado anímico, habló de otra cara, de contento. Recordamos sólo aquello que nos llama la atención pero antes de eso nos encontramos con un municipal de lo más desagradable: No hay sitio -nos bufó-. No puede quedarse. Y según él nos despedimos ahí. Aquello estaba petado de peregrinos, de pronto la Semana Santa se hacía patente, la vacación. No había ni un hueco, con las mochilas, la mía a la espalda, un hombre que al día siguiente reconocí como el hospitalero, Patxi, se dirigió a mí mientras se iba como queriendo desentenderse: <<Ésta es la que va a llegar a Santiago, ¿a qué sí?>> Era ironía sobre los que allí nos concentrábamos, sin credibilidad para él, simples deportistas o turistas en busca de una acogida barata, unos, otros que vienen a pasar unos días en el Camino. Cierto, eso no es peregrinar y aunque entonces me mostré de acuerdo con él, desde el principio tenía mis dudas. Hay un sentimiento una vez que ya has alcanzado la meta que para muchos es Santiago, tumba del Apóstol, y es que después de eso, uno siempre regresa desde Santiago; sólo que en mi caso, que también es el caso de muchos otros, el destino cumplido fue alcanzar Muxía. O por lo menos yo me siento así pero ocurre que no te detienes a explicarlo todo tanto.

Allí estaban las amigas de Orio y se preguntaban dónde era que me habría quedado  el día anterior,  puesto que no me habían visto. Ellas tenían previsto, aquella mañana, después de la noche de Orio, tomar el tren a Zarautz, y eso nos habría acercado en la distancia que se suponía iba a sacarles al partir algunas horas primero; ya regresaban a Madrid, la contractura de Paloma no había mejorado y los días libres se agotaban. Les agradecí la dedicatoria que habían escrito en mi cuaderno, me pareció preciosa cuando la leí en Zarautz. Y uno de los dos que estaban tras el mostrador, me tomó nota del nombre y me dijo que me esperase, que pronto vendría un coche a buscarnos, para llevarnos a otro albergue, uno privado, que quedaba a unos cinco o diez kilómetros de Deba. Eso ni muerta -pensé fastidiada. Lo de subirme a los coches con la mochila no va conmigo. Y lo de arrancarme de Deba imposible. Deba era un nombre significativo para mí, procede del sánscrito, como ananda que es embeleso pronunciado por usted, y sus orígenes entroncan con los de divinidad, en este caso de las aguas. Me dirigí al exterior contrariada.

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Peio había regresado con su hijo, al que se encontró jugando con los de la cuadrilla. Recogió su forro, hacía frío y explica que se encaminó por la alameda dando un paseo, que transcurrieron diez minutos, que todos estábamos en el exterior con una hoja de papel en la mano, que yo tenía cara de pocos amigos, y de eso echa la culpa a algo que se imaginó pero que nunca sucedió.

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Me contó que le tendí la hoja, que era una especie de plano para llegar al albergue. Es cierto, la conservo, la de bienvenida y normas. Elige seguir guiándome y hacia allá nos dirigimos, a buen paso, muy decidido, lo que me hizo confiar en él. No sin antes volver a toparnos con el lamentable policía. ¿A dónde vas…? Aunque no lo terminó <<con eso>>, me miró como si toda yo fuera un paquete. Me entró un coraje… y por eso mi memoria lo grabó, no se recuerdan todos los hechos, como si fuera una película, se recuerdan sólo instantes. Peio, al contrario, lo borró de la suya como si nunca hubiera sucedido; en realidad le dio respuesta amable, a lo cual el otro volvió a hacer un gesto despreciable con la mano, que en el fondo sólo revertía sobre él. Fue ahí cuando yo le pregunté al hombre por el nombre del tipo. Me lo dijo pero me pidió que no lo relacionara con él y por eso aquí no figura.

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Incidente anecdótico al margen, el refugio de la playa tampoco ofrecía halagüeñas perspectivas, está cerrado, Peio intercambia algunas palabras con los jóvenes voluntarios de la cruz roja en su lengua, les pregunta por el teléfono de Patxi, no lo conocen ni conocen quien lo pueda saber, se abre la puerta, con litera ya estaban los tres peregrinos del sur, entre otros, ocho plazas y ellas dos que me miraron con cara de perro con ganas de morder; y si no fuera por el frío… casi me alegré de no tener espacio donde quedarme a ocupar el mismo espacio. Me parecía mentira lo estúpido del incidente sucedido en el restaurante de Txomin horas antes, y las animadversiones grupales que me había acarreado el viajar sin guía de papel… Amotinadas éstas, su compañero Rafael o más tolerante o más falso, las dejamos a la vuelta de la esquina; porque Peio seguía conociendo que había otra posibilidad; sólo que parecía bastante apenado por mi situación y solidarizándose conmigo, fue ahí cuando me ofreció su propia casa; él tenía turno de noche y me dijo que si no encontrábamos otra alternativa podía quedarme a pasarla con su mujer y su hijo. No sé cómo abrí los ojos o si los abrí pero eso suspendió los sentidos de mi alma. ¿Podía ser posible, que hoy en día, se diera la alternativa, de ser guarecida como antaño lo eran los antiguos peregrinos? ¿con hospitalidad verdadera? Guipúzcoa estaba izándose en el centro de mi ser e iba sintiendo en esos pasos, escasos 50 metros, girar la esquina, una recta, doblar otra y ya llegamos, que no hay derecho alguno al mensaje social que desde los mediáticos estandartes de comunicación se está implantando, con respecto al pueblo vasco, en nuestras psiques foráneas. Mensaje que en mi caso jamás ha progresado puesto que conté con la suerte de tener por vecina de infancia a una vasca maravillosa, que vivía con su marido, un raro de Madrid-Casablanca, en el cuarto, y que era la persona más animosa y agradable que cualquier niña podría desear. Por un breve instante <<The Greek>> retornó a mis pensamientos, recordando aquella frase ilógica suya en el local nocturno de San Sebastián; mientras yo transcribía a mi cuaderno los versos del bersolari Xenpelar… él qué dijo tan alegremente: <<Será un etarra>>; catapultado, por eso mismo, al rincón de mi mente, que es igual al suyo, o que debe estar tan lleno de polvo y prejuicios como el suyo, y dónde lo que se etiqueta se escapa mal.

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Peio recibió en ese instante una llamada, me pidió que lo disculpase, andaba detrás de la compra de un coche y se le veía muy excitado. Yo, mientras, meditaba la posibilidad de pasar por una experiencia como la que Lee me había descrito esa misma mañana. ¿Cómo sería? ¿Podría sobrellevarla? ¿Estaría preparada para afrontar la más terrible de las situaciones si el mundo girase, como ha girado para otros, y me viera como una <<sin techo>> más, arrojada a la calle? Cuando colgó atravesamos las puertas del frontón municipal y el mismo golpeó con sus nudillos la puerta de un pequeño cubículo que había a mano izquierda, a la entrada, que para mi sorpresa se abrió, asomando por detrás de ella la canadiense.

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