El Camino No Elegido

De las últimas horas de un domingo en Orio

Posted in Camino de la Costa, Camino del Norte, de la memoria by María Camín on junio 18, 2010

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El Arkaitz no me atrajo, es evidente por qué. Tomé ese café pero me fui de inmediato, a las cuatro y media ya estaba tumbada en la manta roja de Rosa, bajo sus columpios, escribiendo y me había dado un tremendo porrazo en medio de la frente, al abrir el armario donde se guardaban éstas. Rosa tenía visita y, en sólo tres días, mis energías se habían amplificado hasta límites peligros para mi misma; o al menos si no me hacía cargo de ellas y las manejaba con cuidado.

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Se presentaron otros amigos suyos, un grupo de cinco jovenes, cuatro mujeres y un hombre. Erika se había retorcido un pie, venían andando desde Donostia, traté de ayudarla dándole un masaje, coyuntura estupenda para canalizar esa extraordinaria corriente de vitalidad que me inundaba pero yo no sé colocar los huesos, como alguno me los ha recompuesto a mí de un tirón; no me atrevería a ello forzando la situación pero lo trato con delicadeza. Estuve ese rato largo con ellos, mientras trabajaba esas fibras dañadas, luego regresé a la interioridad de mi cuaderno. Sabré hace unos días que el masaje que le di a Pilar, la tarde anterior, tuvo consecuencias. A la mañana siguiente le dolían horrores las piernas y no podía comprenderlo porque ella sólo había experimentado suavidad. También pudo ser sugestión, aunque tres de mis dedos, en la mano izquierda, tienen ”corriente”, y hubo mucha intensidad e intención en aquel contacto. Rosa, para tranquilizarla le dijo que podía ser algún tipo de bloqueo; lo cierto es que es importante quién te toca y cómo. Yo no tocaría a cualquiera, hay gentes que me provocan rechazo; a veces es psíquico pero la mayor parte de las veces es la materia, la química lo que me genera esa repulsión; y desde luego tampoco dejaría que cualquiera me activase. En este punto Oscar de Foncebadón opina lo mismo. Sin embargo, son conclusiones en las que no has sido mediatizado por otra cosa que no sea la experiencia. Entonces, le diría, por ejemplo, a Laura, que comienza, ahora, andadura : ¿es importante con quién te acuestas? ¿dónde metes la boca? ¿qué parte de alguien dejas que entre en ti? No lo dudes, pequeña. La lástima es que no nos enseñen, a tiempo, a discriminar, y que haya que obtener este tipo de apreciaciones después de algunos o bastantes desagrados. Porque, cierto, la carne, en ocasiones, demanda y se moviliza, como apetito, en pos de ello. Y hay dos periodos en la vida en que esto sucede de forma ávida (hablo desde el punto de vista de una hembra). Uno es tu edad, la adolescencia. El otro es la entrada dilatada en el climaterio, donde más desesperadas de la vida te encontrarás; porque hay una presión interior, que no sabría  decirte  bien si es sólo hormonal. Lo primero es un despertar y te quieres comer el Mundo, lo segundo tiene  tintes de despedida, y yo creo que tomarse la madurez de este modo es un grave error. ¿Por qué? Porque basta un instante real de amor para borrar desiertos de ausencias en ti; y sin embargo, a veces ni con la más evolucionada de las terapias logras sanar de haberte sucedido la degradación.

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Una hora más tarde Rosa recibió la visita de dos amigas más, Arantxa y Eva. Arantxa recién llegada de Turquía se sentía desbordada por la experiencia maravillosa del viaje. Esta era la persona que le había prestado a Rosa el libro de Elisabeth Haich. Un poco después un peregrino, Isidoro, que era un calco de un profesor de instituto y de filosofía con quien hace años jugaba al tenis. Y lo era a nivel psicológico y físico, incluso en la voz y en la manera de expresarse. Fui cordial pero entendí que él no deseaba entrar en relación; por otro lado, hoy se daría el caso de que yo no adoptaría a aquel tipo como compañero de juegos de ninguna índole; no por nada, sino por disparidad de actitudes vitales o criterios. Sencillamente se aprende, querida Laura, se aprende pero hay dos métodos para ello: tu dolor o tu consciencia; supongo que lo entiendes; lo espero así.

Isidoro escribía su propio cuaderno en una mesa del exterior; yo me adentré en el cenador. Transcurrieron dos horas más. Al regresar a la casa habían llegado dos hermanas, Encarna y Belén, y su amiga Paloma. Tres mujeres encantadoras de Madrid. Venían desde Pasai Donibane y se aseaban, ya muy tarde. En seguida íbamos a cenar pero antes, en el último minuto, se nos unió Lee Giove, un californiano que había partido de su país diez meses antes. Sabáticamente, había estado en Marruecos, en Baleares, en el sur de España y después recalado en el Camino Norte. No quería fonda, sólo posada. Pensaba dormir en la ermita de San Martín, a la intemperie. Su billete de regreso tenía fecha futura de un diecinueve de mayo. Luego su vuelo se retrasaría, porque esos fueron los días en que aquí llegó la nube volcánica que una semana o dos semanas antes había clausurado  los aeropuertos de Europa

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Paloma expresó su malestar durante la reunión. Tenía un trabajo de esos de muchas horas detrás de un ordenador, o lo que es lo mismo: anquilosante. Habían preparado las tres esta Semana Santa con tremenda ilusión, y se veía, la pobre, teniendo que interrumpir la aventura si la contractura, que se había agravado con el peso de la mochila y lo andado, no remitía. Me ofrecí voluntaria para tratar de aliviarla en algo pero entonces la sesión que tenía prevista para cuidar  de Rosa y devolver así  el calor recibido ya no podría ser. A Rosa le pareció estupendo el canje. No me había dicho nada, ella misma, por no comprometerme. Otra cosa fue la espalda de Paloma, que era un poema. Poco se podía hacer en esas circunstancias, porque la contractura, en cuanto le puse los dedos encima, me dijo que ahí llevaba meses y no pensaba remitir por unas cuantas caricias. Si la hubiera trabajado con más profundidad, que sí que me empleé a fondo, el aceite de Rosa era una delicia, la habría dejado mucho más dolorida y tampoco habría logrado arrancársela.

Cuando salí al exterior a respirar la noche, antes de acostarme, conocí a los tres ciclistas que pernoctaban con nosotros y que habían bajado al pueblo a cenar. Eran muy agradables, jóvenes, intercambiamos algunas impresiones y les dejé a solas. Cerraron el portón cuando ellos también se retiraron. Lamenté eso o lo eché de menos, la libertad con la que había dormido la noche anterior. La profunda paz de la confianza.

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2 comentarios

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  1. […] De las últimas horas de un domingo en Orio on Junio 18, 2010 at 9:27 pm […]

  2. María Camín said, on junio 18, 2010 at 11:00 pm

    La salida de Donosti o San Sebastian hacia Orio por el Igueldo


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